El erotismo en la poesía de Lorca y nuevo título de Ediciones Rosa del Desierto próximamente !

En estos días, el Proyecto “Rosa del Desierto”, se encuentra inmerso en la maquetación de un nuevo título que verá la luz próximamente. Se trata de una antología de cuentos eróticos escritos por mujeres.

En el proceso de edición de los textos, nos hemos preguntado cuánta distancia separa lo erótico de lo vulgar, la descripción que provoca el deseo de la descripción que provoca repulsa. Cuánta delicadeza y tino debe tener un creador para dibujar con palabras lo que una escena visual pudiera transmitir en un momento; dónde están los límites; cuánta magia necesita para acercar a quien lee a una escena que el propio lector/a creará a partir de su experiencia e imaginación, y hará suya también, adornándola con los detalles de su vida y sus experiencias.

En este empeño, nos ha venido a conversación un poema erótico y maravilloso del granadino Federico García Lorca, como un ejemplo majestuoso de cuánto pueden las palabras transmitir, hacer volar la imaginación y hacernos sentir testigos de una escena en un río, a donde llevara a la mujer casada. A nuestro juicio, uno de los poemas eróticos con imágenes más hermosas que se haya escrito en la lengua española.

¿Cómo no amar estos versos?

Y que yo me la llevé al río 
creyendo que era mozuela, 
pero tenía marido. 

Fue la noche de Santiago 
y casi por compromiso. 
Se apagaron los faroles 
y se encendieron los grillos. 
En las últimas esquinas 
toqué sus pechos dormidos, 
y se me abrieron de pronto 
como ramos de jacintos. 
El almidón de su enagua 
me sonaba en el oído, 
como una pieza de seda 
rasgada por diez cuchillos. 
Sin luz de plata en sus copas 
los árboles han crecido, 
y un horizonte de perros 
ladra muy lejos del río. 

Pasadas las zarzamoras, 
los juncos y los espinos, 
bajo su mata de pelo 
hice un hoyo sobre el limo. 
Yo me quité la corbata. 
Ella se quitó el vestido. 
Yo el cinturón con revólver. 
Ella sus cuatro corpiños. 
Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino, 
ni los cristales con luna 
relumbran con ese brillo. 
Sus muslos se me escapaban 
como peces sorprendidos, 
la mitad llenos de lumbre, 
la mitad llenos de frío. 
Aquella noche corrí 
el mejor de los caminos, 
montado en potra de nácar 
sin bridas y sin estribos. 
No quiero decir, por hombre, 
las cosas que ella me dijo. 
La luz del entendimiento 
me hace ser muy comedido. 
Sucia de besos y arena 
yo me la llevé del río. 
Con el aire se batían 
las espadas de los lirios. 

Me porté como quien soy. 
Como un gitano legítimo. 
Le regalé un costurero 
grande de raso pajizo, 
y no quise enamorarme 
porque teniendo marido 
me dijo que era mozuela 
cuando la llevaba al río.

 

(Imagen tomada de https://www.poemas-del-alma.com/bios/federico-garcia-lorca)

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